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El Hijo de Dios se hizo igual que los hombres pero a la vez distinto |
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Cristo se encarna en los hombres, especialmente en los pobres, haciéndolos hijos de Dios |
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Vivir a Cristo profundamente, como exponía el artículo anterior, exige necesariamente comunicarlo a los hermanos. Éste, y no otro, es el fin de la encarnación cristiana. Esta palabra es muy traída y llevada hoy en los ambientes clericales y religiosos; y, en honor a la verdad, se hacen esfuerzos sorprendentes para realizarla en los medios humanos actuales, de los que algunos consideran a la Iglesia desencarnada. También es verdad que no siempre se maneja esta palabra con el sentido cristiano que contiene, ni tampoco han seguido la línea cristiana auténtica algunas de las experiencias hechas.
Es una realidad bastante compleja en lo que se refiere a casos concretos, o quizás nosotros la acomplejamos más abocándonos a un pluralismo anarquista; pero dentro de los límites de la Revista intentaremos dar unas ideas claras. Es obligado partir del molde de toda encarnación: Jesucristo el Hijo de Dios encarnado. Dedicaremos estas líneas a unas reflexiones muy sintéticas sobre lo que nos dice el evangelio de este modelo, y dejaremos para otra ocasión las aplicaciones concretas que la vida de hoy exige a todo cristiano, sea además sacerdote o religioso. Porque ante todo hemos de mantener sin vacilaciones que toda encarnación cristiana tiene que seguir la línea de Cristo, puesto que los cristianos somos el buen olor de Cristo para todos los hombres (2Cor 2,15).
JESUCRISTO TIENE MISIÓN DEL PADRE
La Encarnación del Hijo de Dios no es invento de los hombres, ni se ha realizado a petición de los mismos. “No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que él mismo nos amó primero a nosotros, y envió a su propio Hijo, propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10). Es obra del amor salvador de Dios. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo” (Jn 3,16). Y el Hijo, consciente de la voluntad del Padre, exclama al entrar en el mundo: “He aquí, oh Dios, que vengo a cumplir tu voluntad” (Heb 10,7). “Y se hizo hombre, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único” (Jn 1,14). Por eso Cristo declara abiertamente que “no hace nada por sí mismo sino sólo lo que ve que hace el Padre, y según lo que oye transmite” (Jn 5,19-30). La misión de Cristo al mundo no fue el lanzamiento de un cohete espacial, sino el torrente que fluye continuamente de una fuente. “El que me ha enviado está conmigo; no me deja solo”. Y Jesús le corresponde: “porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn 8,29). S. Pablo dice que “fijemos nuestra consideración en aquel a quien veneramos como Apóstol (enviado) y Pontífice de nuestra fe, Jesús. El cual es fiel a quien así le instituyo” (Heb 3,1).
Por las palabras de Jesús a través del cap. 8 de S. Juan, se ve claramente que consideraba sustancial a su vida la dependencia del Padre hasta en los más mínimos detalles.
EL HIJO DE DIOS SE HIZO IGUAL QUE LOS HOMBRES PERO A LA VEZ DISTINTO
S. Juan en su 1ª carta, 1, anuncia acerca del "Verbo de la vida, el que existe desde el principio; y le hemos oído, y le hemos visto con nuestros ojos, y le hemos contemplado, y nuestras manos le han tocado”. El Verbo se encarna en una naturaleza humana, que toma de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, y la eleva a la dignidad de Hijo de Dios.
Pero en la Humanidad de Cristo no acaban los efectos de la Encarnación; la Humanidad es el trampolín desde donde saltará a todos los hombres para hacerlos como Él, hijos de Dios. “Nos dio poder de hacernos hijos de Dios, pero Él será el primogénito entre muchos hermanos” (Jn 1,12; Rom 8,29).
S. Pablo, en la carta a los Hebreos 2,16-18; 4,15, describe al detalle las circunstancias de la Encarnación: “Es evidente que no a los ángeles vino a prestar ayuda sino al linaje de Abrahán. Y por esto fue menester que se hiciera en todo semejante a los hermanos para que fuera misericordioso y fiel pontífice en lo concerniente a Dios y expiar los pecados del pueblo. Efectivamente por cuanto Él mismo sufrió la prueba puede prestar auxilio a los que la pasan. Por cuanto no tenemos un Pontífice incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas; antes bien a excepción del pecado, ha sido probado en todo, igual que nosotros”. Come con los pecadores; respeta las leyes que venía a derogar; se circuncida; manda a los leprosos a presentarse a los sacerdotes. Vive oculto treinta años, sin hacer nada que llame la atención, como atestigua S. Mateo, 13,59: “Maravillándose decían sus paisanos: ¿De dónde le viene tal sabiduría? ¿Acaso no es el hijo del carpintero?”.
Pero a la vez es diferente. En efecto, tiene en todo momento conciencia viva de que es el Hijo de Dios, y obra como tal, lleno de gracia y de verdad. Él puede decir, ¿quién es capaz de echarme en cara un solo pecado? Todo lo hace bien, no busca otra cosa que la gloria del Padre. Es verdaderamente diferente de los hombres. Los hombres no son así. Como la levadura es distinta de la masa que la hace fermentar, Cristo es distinto por la fuerza divina transformadora que lleva dentro de sí.
Deja su casa y oficio y se entrega exclusivamente a predicar una doctrina de amor y de salvación. Vive pobre sin tener dónde reclinar su cabeza. Es virgen, sin familia: su madre y sus hermanos son los que hacen la voluntad de su Padre. Es obediente hasta la muerte de cruz. Verdaderamente Cristo es diferente de los demás. Los hombres no obran así. ¿Podría redimir un preso a los compañeros de cárcel? Cristo no vino sólo a humanizar a los hombres, aún para esto debía ser distinto, sino a divinizarlos. Tenía que ser el Hijo de Dios y perfecto hombre.
CRISTO SE
ENCARNA EN LOS HOMBRES, ESPECIALMENTE EN LOS POBRES,
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